Dislates y tiranías

3 09 2016

Sabido es que el arte siempre ha tenido distintas interpretaciones de lo que es, y, por lo tanto, se ha manifestado en formas muy diversas según las épocas y los gustos de quien lo financiaba y la habilidad, el arte o la genialidad de los distintos autores.

Pero hasta comienzos del siglo XX, siempre se identificó mayormente con lo bello, lo poético o dramático, según la idea a trasmitir, para lo cual era imprescindible haber adquirido o poseer determinadas dotes, habilidades, a veces innatas, otras adquiridas con el tiempo; y había una aceptación y reconocimiento popular de lo que eran obras de arte.

Fue a partir de 1910-12 cuando el arte empieza a perder esos valores, al introducirse, especialmente con el Dadaísmo, modos y maneras de expresión artística revolucionarios que asombraron y conmocionaron el mundo del arte, sembrando hace más de un siglo lo que desde los años 60 y 70 devino en llamarse arte conceptual, en el cual la obra o el objeto artístico no tiene la menor importancia, lo que importa es la idea o el concepto que quiere justificar a la supuesta obra, un montón de sillas, piedras, cajas, tubos de pasta dental, etc, y en estos casos es mucho más importante el argumento que esgrime el curador de turno que la obra o el ‘artista’ mismo, resultando algo inaccesible para la comprensión de la mayoría, incluso de los iniciados, ya que resulta un montaje pretencioso, fatuo y muchas veces efímero, que necesita de argumentaciones muy rebuscadas de los llamados curadores, avalando muchas imposturas. Lo mismo ocurre con ciertos performances, body art, happenings, etc.

Y lo más penoso de todo es que muchos museos de arte contemporáneo e instituciones varias quieren ”hacer comulgar con ruedas de molino” al público en general y convencerle de que eso es arte porque ellos quieren, cuando, si visitamos con frecuencia este tipo de exposiciones, observamos la paupérrima aceptación que estas “manifestaciones plásticas” tienen, y, por añadidura, pretenden vendérnoslo como lo más vanguardista… pues llevan cien años de retraso, prácticamente sin evolucionar, los que respaldan este antiarte; están intoxicados con falsas ideas, o intereses espurios, haciendo un flaco favor al arte con mayúsculas.

Pedro Ortiz

(Editorial del mes de septiembre de 2016 de la Asociación de Artistas Alicantinos)

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